Recibir el descanso de Cristo

Recibir el descanso de Cristo

Recibir el descanso de Cristo

Recuerdo haber estudiado Mateo 11:28-30 hace décadas en la escuela dominical. A todos nos entregaron una imagen fotocopiada en blanco y negro de dos bueyes unidos por un yugo. Ahora, cada vez que se leen o se predican estas palabras, esa es la imagen que viene a mi mente. Recuerdo la idea de estar unida a Jesús mediante el yugo y dejar que Él guiara mi vida. Al transcurrir el tiempo, solía reflexionar en la salvación en Cristo, en contraposición con la justicia basada en las obras, propia del legalismo. Aunque cierta, solo ofrece una mirada unidimensional, tan plana como la imagen de los bueyes.

Eso sucede, ¿verdad? Un pasaje familiar de las Escrituras se acomoda en un ambiente reconfortante; se vuelve algo grato, tranquilizador y significativo, pero limitado. Afortunadamente, la Escritura es viva y eficaz, y cuando nos detenemos en ella, la llevamos en nuestro corazón o meditamos en ella día y noche, habla a las partes más profundas de nosotros mismos y nos revela una riqueza y profundidad mayor. A menudo, es exactamente lo que necesitamos en el momento preciso.

En mi caso, ese momento llegó durante una época de grandes responsabilidades ministeriales. Tenía varios proyectos grandes y muy visibles y me sentí presionada por los resultados. ¿Tendrían éxito estos proyectos? El miedo al fracaso me dizo darme cuenta de que me preocupaba lo que las personas pensarían de mí. Quizás tu hayas pasado por algo así, ya sea en el trabajo o con la familia. Es normal desear que a nuestros familiares y a nuestros hijos les vaya bien y tengan éxito en la vida; queremos ayudarlos, formarlos, guiarlos y cuidarlos. Pero a veces en el fondo subyace una pregunta: ¿Qué pensará la gente de mí si ellos no tienen éxito? Tal vez reconozcas un área en la que tu identidad se basa en ser un buen padre o un buen pastor. En mi caso, identifique que mi identidad se cimentaba en mi capacidad y mi sentido de responsabilidad. Si no lograba cumplir con mis compromisos con éxito, ¿seguiría siendo yo?

Una cosa es aceptar una responsabilidad, y otra muy distinta es asumir responsabilidad por el resultado. Aquí es donde la identidad puede quedar atrapada en el muy citado «hacer», en lugar de «ser». Mientras estaba atrapada en el hacer, percibí algo nuevo en la invitación de Jesús: «Vengan a mí». En ese momento, tuve una nueva perspectiva de algo que siempre estuvo ahí: la sugerencia implícita de que, al invitarme a acudir a Él, Jesús también desea estar conmigo. La invitación a venir y recibir descanso es más que dejar que Jesús tome el mando para que las cosas salgan bien. Es una invitación a compartir la vida. Desde esa perspectiva, la invitación a estar con Jesús y experimentar el descanso no solo sirve para aliviar las situaciones de mucha presión, sino también para disfrutar de su compañía mientras realizamos cualquier tarea que tengamos que hacer.

Estaba descubriendo otra área de la vida en la que podía experimentar el poder de rendirme. Ese poder no residía en que Jesús me ayudara a controlar el resultado, sino en descubrir que podía liberarme de la necesidad de ese control. Pase lo que pase, Él seguirá estando conmigo. A algunos de nosotros se nos dificulta entender eso. Rendirse no significa ser pasivo, irresponsable o despreocuparse por hacer bien las cosas. Podemos ser responsables de un sermón, un programa o una cena, pero nuestra misión consiste en usar los dones y cualidades que Dios nos ha dado para dar lo mejor de nosotros. Quienes escuchan el sermón, los que participan del programa y los miembros de la familia tienen su propio papel que desempeñar. Independientemente de si alguien responde al sermón, o incluso si surge un gran conflicto familiar, sigo siendo alguien que Jesús quiere a su lado. Los resultados nunca definirán mi identidad. Pero si eso es cierto, ¿qué puedo hacer con la sensación de pesadez cuando hay mucho trabajo?

He aprendido a reinterpretar la carga pesada que siento cuando me doy cuenta que me estoy dejando atrapar por los plazos, los resultados y la imagen. Antes me preocupaba si el sermón sería lo suficientemente bueno, si el programa funcionaría según lo previsto o si la familia se llevaría bien durante la cena de Acción de Gracias. Comprendí que la pesadez no provenía tanto de las responsabilidades en sí, sino de la tensión de intentar forzar el resultado que yo deseaba. Lo que antes parecía ser una carga, ahora lo experimento como una hermosa invitación.

En lugar de doblegarme ante la presión del miedo y amargarme la vida, y amargársela a quienes me rodean, mientras trabajo, elijo ver el ejercicio de mis dones como una actividad llena de alegría y de expectación ante lo inesperado. Esa alegría es la presencia de Jesús. La expectación surge al observar dónde actuará Jesús, a menudo en lugares inesperados. Renunciar a controlar el resultado final no elimina tareas de la lista, ni añade horas al día, pero transforma la experiencia de llevarlas a cabo.

En el mundo corporativo, aprendí a esforzarme al máximo para materializar los resultados deseados. Las prácticas espirituales aprendidas a los pies de Jesús ofrecen una alternativa reconfortante. He aprendido a hacer una pausa en lugar de forzar las cosas. Escucho no solo a Jesús, sino también a mis colegas de confianza. En la presencia de Jesús, acepto que no me corresponde controlar el resultado final, lo que deja espacio para las perspectivas y las sugerencias de los demás. Acercarme a Jesús y encontrar gozo en estar con Él, del mismo modo que Él se alegra de estar conmigo, me libera para dar el siguiente paso indicado, incluso cuando no conozco el camino completo. Lo mismo puede ocurrir en la crianza de los hijos, el ministerio y otras responsabilidades que asumimos. Aunque no veamos todo el camino por delante, podemos confiar en Jesús lo suficiente como para dar el siguiente paso.

¿Alguna vez te has despertado por la mañana sintiendo que las tareas del día o los próximos plazos se ciernen sobre ti, oprimiéndote incluso antes de levantarte de la cama? ¿Te gustaría acompañarme a darle un nuevo significado a esa sensación de pesadez?

En lugar de dejar que esa pesadez señale el miedo al fracaso, o peor aún, la pérdida de identidad, ¿permitirías que te conduzca de nuevo hacia la invitación de Jesús? "¡Oye! Ven a mi. Quiero estar contigo. ¿Renunciarías al esfuerzo agotador de querer llevarlo todo hacia donde tú crees que debe ir? Confía en mí, pase lo que pase. Caminemos juntos en esto".

Julie O'Hara es coordinadora regional de educación, directora administrativa de formación ministerial y directora de Preaching Collaborative para la Región EUA/Canadá.