La imagen que se esconde tras las marcas

La imagen que se esconde tras las marcas

La imagen que se esconde tras las marcas

Cuando era niño en la escuela primaria, o más bien en la escuela dominical, nuestras lecciones a menudo se imprimían en papel y se entregaban con la expectativa de que las completáramos en casa. Estoy seguro de que la intención era noble: reforzar la lección, fortalecer nuestro aprendizaje, ayudar a que la verdad se quedara grabada. Pero mientras luchaba por mantener mi atención en la tarea, descubrí mi propia forma de involucrar el material. Agregaba bigotes a las personas representadas. Pintaba los dientes de negro. Mi arte con la tinta y lápiz alcanzó su máxima expresión con el tiempo. ¿Quién podría resistirse a darle a la Mona Lisa un bigote de manillar? ¿O convertir a algún discípulo desprevenido en pirata, dibujándole un parche en el ojo y una daga entre los dientes? Supongo que era una travesura inofensiva.

La Biblia celebra que los humanos han sido creados a la imagen de Dios. Tal vez ha pasado algún tiempo desde que usted se detuvo a considerar la asombrosa afirmación de Génesis 1:27: "Y Dios creo al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios; hombre y mujer los creó". Es un pensamiento impresionante. Me identifico con David, quien al reflexionar sobre su propia creación, confesó: "Tal conocimiento tan maravilloso rebasa mi comprensión; tan sublime es que no puedo entenderlo". (Salmo 139:6).

Fuimos creados para reflejar la imagen de nuestro Dios infinito. Sin embargo, una mirada honesta a nosotros mismos y al mundo que nos rodea revela una distorsión. No nos pintamos bigotes de tinta ni los dientes de negro, pero la imagen de Dios parece oscurecida, casi perdida. ¿Qué ocurrió?

Después de las hermosas palabras de la creación humana en Génesis 1, nos encontramos con la imagen convincente de los humanos en armonía con Dios en Génesis 2, solo para sumergirnos después en la horrible rebelión de Génesis 3. La corona de la creación de Dios desobedeció a su amoroso Creador y el distanciamiento entró en la historia. La caída de la humanidad no solo trajo el pecado y la vergüenza, sino que también afectó la imagen de Dios en nosotros. En ese trágico acto de autogobierno, es como si tomáramos un bolígrafo y destruyéramos la hermosa imagen de Dios en nosotros. Las Escrituras lo dicen claramente: el pecado no borró la imagen de Dios en la humanidad, pero la desordenó profundamente.

El Nuevo Testamento retoma el lenguage de la imagen de Dios de una manera nueva. Se dice que Jesús de Nazaret, el Hijo unigénito de Dios, es "la imagen del Dios invisible" (Colosenses 1:15) y "la representación exacta de lo que él es" (Hebreos 1:3). La Biblia nos invita en su segundo acto a aceptar a Jesús, el segundo Adán, el Hijo perfecto, la imagen misma de Dios. Un giro hermoso del argumento, ¿verdad?

Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Qué pasa con nuestras expresiones distorsionadas de la imagen de Dios? ¿Acaso debemos seguir siendo una representación grotesca y expresionista de lo que podría haber sido? No. Nuestro Dios de amor se negó a dejarnos desfigurados y deformados, en lugar de eso derramó gracia sobre gracia. En el volumen Standar Sermons, John Wesley confiesa que nuestra capacidad para volvernos a Dios fue "borrada por la caída", pero continúa diciendo: "Sin embargo, no despreció Dios la obra de sus manos, sino que habiéndose reconciliado con el hombre por medio del Hijo de su amor, volvió a escribir hasta cierto grado la ley en el corazón de esta entenebrecida y pecadora criatura". En resumen, Dios ha considerado oportuno hacer posible que nos volvamos a su abrazo amoroso. Dios ha derramado una gracia tan suficiente que, incluso antes de que seamos redimidos, Dios nos atrae, nos corteja y nos ama, invitándonos a tener una relación con Él.

La gracia de Dios, en la muerte y la resurrección de Jesús, hace posible esa relación. En la crucifixión, Jesús recoge toda la oscuridad y el pecado, no solo de nuestra rebelión, sino de toda la creación, y los aniquila. Entonces, la resurrección de Jesús anuncia una nueva creación, un nuevo comienzo, el inicio de lo que Él completará a su regreso. De hecho, ¡al elegir seguir a Jesús, podemos ser parte de esta nueva creación ahora! ¡Oh, qué alegría ver eliminadas las feas marcas de la rebelión y nuevamente poder reflejar al Dios infinito de la creación!

Es más, la gracia de Dios no ofrece una solución rápida y superficial, sino una renovación profunda del corazón. La gracia santificadora de Dios limpia el corazón, purifica nuestra inclinación hacia el egoísmo y nos llena de amor santo hacia Dios y hacia el prójimo.

Jesús, la imagen perfecta de Dios en el Nuevo Testamento, no solo nos muestra quien es Dios, sino que también se convierte en el medio por el que su imagen se restaura en nosotros. Aleluya, ¡qué gran Salvador!

Aquí es donde realmente brilla nuestra perspectiva wesleyana de santidad respecto a la imagen de Dios. Nuestra visión sólida de la gracia de Dios y nuestra entrega total a la obra del Espíritu en nosotros garantizan dos cosas: primero, que reconocemos a cada persona como creación de Dios, que lleva la imagen de Dios. Nuestro Manual es muy claro:

Todos los seres humanos han sido creados a imagen de Dios y Cristo murió por

todos, por lo que cada persona que encontramos merece nuestra mayor

consideración y amor. Como pueblo de Dios, que refleja el amor de Cristo

por el mundo, rechazamos toda forma de racismo, preferencias étnicas,

tribalismo, sexismo, fanatismo religioso, clasismo, nacionalismo

excluyente y cualquier otra forma de prejuicio. Todos ellos son

contrarios al amor de Dios y a la misión de Cristo.

(Párrafo 29.6)

En segundo lugar, aunque nuestra naturaleza pecaminosa heredada oscurece la imagen de Dios en nosotros, la gracia de Dios está siempre presente, alcanzando a cada persona y ofreciéndole la posibilidad de tener una relación con Dios a través de Jesús y de redescubrir la plenitud de la imagen de Dios. Como dijo Pablo a los corintios: "Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu" (2 Corintios 3:18).

La imagen de Dios en nosotros no es una reliquia del Edén; es una promesa de restauración. Por medio de la gracia preveniente somos atraídos, por medio de la gracia salvadora somos perdonados y por medio de la gracia santificadora somos renovados en amor santo. El Espíritu no solo repara la superficie, sino que renueva el corazón. Y a medida que ese amor santo nos llena, el mundo ve de nuevo aquello que la humanidad siempre estuvo destinada a mostrar: la radiante semejanza de nuestro Creador.

Sam Barber es el director de Discipulado Nazareno Internacional

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