De gloria en gloria
Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. (2 Corintios 3:17-18).
En los últimos años, algo extraño ha comenzado a sucederme. Con cada año que pasa, me parezco más a mi padre. Él está con el Señor desde hace seis años, pero a veces cuando veo mi reflejo en una ventana o en un espejo, por un momento (cuando veo avanzar mi calvicie y mi cuerpo que se sigue ensanchando), me sorprendo al ver la imagen de mi padre mirándome.
Al apóstol Pablo también le gustaría que creciéramos para parecernos más a nuestro Padre. No es de extrañar que los versículos finales de 2 Corintios 3 fueran significativos para Juan Wesley y su teología de la santificación.
Wesley tenía mucho que decir sobre la importancia de que la humanidad haya sido creada a imagen de Dios. Para Wesley, cuando las Escrituras revelan que los seres humanos están hechos a imagen de Dios, está diciendo que los seres humanos están hechos con todas las cualidades necesarias para vivir en relación con Dios. En el centro de la imagen de Dios, para Wesley, reside la idea de que los seres humanos han sido creados con la capacidad de representar o reflejar el amor a Dios, amando a Dios a través de una relación de obediencia y confianza. Y, como el amor de Dios se extiende a las personas, estas también pueden reflejar ese amor entre sí mismas, a la creación e incluso a través de reconocer su propio valor. La imagen teológica del jardín del Edén en Génesis 2 es la de Dios viviendo en perfecto amor con Adán y Eva y, a su vez, Adán y Eva devuelven ese amor a Dios (caminando con Él diariamente), entre sí (viviendo juntos sin vergüenza ni culpa), al jardín (ejerciendo el dominio adecuado sobre él) y a sí mismos (sin necesidad de esconderse ni cubrirse).
Por supuesto, la llegada del pecado causó una gran alteración en la armonía del jardín y, en el proceso, dañó (pero no destruyó) la imagen de Dios en nosotros. Para Wesley, dado que nuestra confianza y amor a Dios han sido quebrantados por el pecado, también se ven afectadas todas las demás relaciones vinculadas a portar la imagen de Dios. Debido al pecado, ya no reflejamos bien el amor de Dios entre nosotros, con el resto de la creación y con nosotros mismos.
Para Wesley, este es el problema principal que Dios desea solucionar. Dios quiere renovar la imagen divina en nosotros. Dios quiere restaurar nuestra relación con Él para que todas las demás relaciones también puedan ser renovadas y restauradas. La salvación restaura nuestra relación con Dios, pero la santificación restaura nuestra relación con los demás, con el mundo y con nosotros mismos en amor santo.
En 2 Corintios, Pablo expone este mismo argumento al contrastar la vida bajo la Ley con la vida en el Espíritu. Para Pablo, la Ley o Torá, fue el intento divino no solamente de restaurar nuestra relación con Dios, sino también de restaurar las formas en que los seres humanos reflejaban o representaban el amor de Dios entre sí y con el mundo. Por ejemplo, ¿alguna vez se ha dado cuenta de que los primeros cuatro de los Diez Mandamientos tienen que ver con restaurar nuestra relación con Dios y que los siguientes seis tienen que ver con tener una relación correcta con los demás y con el mundo?
El problema para Pablo no era que la Ley fuera mala, sino que era insuficiente. La Ley podía señalar lo que era bueno, pero no podía hacernos buenos. Pablo compara la vida bajo la Ley con la forma en que la gloria de Dios, que transformó la apariencia de Moisés por un tiempo en la montaña, eventualmente desapareció. La vida bajo la Ley ofrecía destellos de una vida restaurada a la imagen de Dios, pero nunca pudo lograr la transformación de esa imagen en nosotros.
Sin embargo, lo que la Ley no pudo lograr por completo, el Espíritu de Cristo ahora lo completa en nosotros por la gracia a través de la fe.
Pablo puede proclamar esto, en parte, porque ahora hemos visto la gloria de Dios revelada en la persona de Jesús. Como Jesús afirma en el Evangelio de Juan, "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Juan 14:9). Lo que antes estaba oculto tras columnas de nube y fuego y detrás del velo del tabernáculo y el templo, ahora ha sido revelado por completo en el Verbo hecho carne que habitó entre nosotros. Y contemplamos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:14). Ya no vemos la imagen de Dios a través de un velo, sino plenamente manifestada en la persona de Jesús.
A medida que llegamos a conocer más a Cristo y somos llenos de su Espíritu, Pablo proclama que somos "transformados a su imagen" (3:18). A medida que nos asemejamos más a Cristo, nos convertimos de forma más plena en la imagen de Dios para la que fuimos creados.
Pero cabe destacar que para Pablo, existe un proceso para esta transformación. A medida que llegamos a conocer más al Señor y experimentamos su gloriosa presencia, somos transformados "con más y más gloria" (3:18). La versión Reina Valera traduce el versículo 18 así: "de gloria en gloria". La idea parece ser que la obra del Espíritu siga transformando y renovando la imagen de Dios en nosotros día a día, momento a momento: de gloria en gloria, en gloria, en gloria. A Wesley le encantaba este versículo porque para él resumía tanto la realidad presente como la obra constante de santificación de Dios.
Cuando Moisés alcanzo a tener un vistazo de su reflejo, se asombró de ver cuánto de la gloria de Dios se había desvanecido. Para Pablo y para Wesley, a medida que llegamos a conocer a Cristo más profundamente y caminamos en el Espíritu de manera más genuina, cada vez que vemos nuestro corazón y nuestra vida reflejados, debemos reconocer cada vez más el carácter y la naturaleza del amor de Dios en nosotros. Cada día debemos parecernos más a nuestro Padre.
T. Scott Daniels es superintendente general de la Iglesia del Nazareno
