Mirada Santa: Ver a los demás a través de la imagen de Dios

Mirada Santa: Ver a los demás a través de la imagen de Dios

Mirada Santa: Ver a los demás a través de la imagen de Dios

Las Escrituras comienzan con una declaración asombrosa: "Luego dijo Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza". (Génesis 1:26). Cada ser humano, sin excepción, porta la imagen de Dios. Esta dignidad no se gana, no se logra, ni se restaura por méritos. Es dada. El Creador la declara antes de que actuemos, tengamos éxito o fracasemos. En Génesis 1:26, las palabras "imagen" (tselem) y "semejanza" (demuth) se utilizan juntas, pero no son idénticas. La imagen habla de la identidad y la vocación que Dios le da a cada ser humano: fuimos creados para representar el carácter y el cuidado de Dios dentro de la creación. La semejanza apunta a la semejanza moral y relacional con Dios que el pecado distorsiona y que la gracia restaura. Wesley a menudo describía esto como la renovación de la "imagen moral", la restauración del amor como el principio rector del corazón. Todas las personas son portadoras de la imagen de Dios desde la creación, pero la semejanza de Dios es lo que el Espíritu restaura en nosotros al ser santificados en el amor.

Sin embargo, aunque afirmamos la doctrina de la imago Dei, a menudo nos resulta difícil vivirla. Es fácil hablar de la imagen de Dios en abstracto. Es más difícil reconocer esa imagen en la persona que no está de acuerdo con nosotros, nos frustra, compite con nosotros o nos hiere. Una cosa es afirmar la imagen de Dios en un comunicado doctrinal; otra es recordarlo cuando un compañero de trabajo descarta sus ideas en una reunión, cuando un miembro de la familia habla sin cuidado en un momento de frustración o cuando un desconocido se burla en línea de sus convicciones. Estos son los momentos en que la imago Dei pasa de la abstracción a la práctica, en los que la santidad se convierte en una forma de ver.

La pregunta, entonces, es profundamente práctica: ¿cómo afecta el reconocimiento de la imagen de Dios en nosotros mismos en la forma en que vemos y tratamos a los demás?

A lo largo de las Escrituras, la identidad precede a la instrucción. Antes de que Israel recibiera la ley, ellos son declarados posesión preciada de Dios y un reino de sacerdotes (ver Éxodo 19:4-6). Es importante destacar que esta declaración se produce antes de que se den los Diez Mandamientos. La redención y la pertenencia se establecen antes de que se anuncie el requerimiento. Antes de que Pedro exhorte a los creyentes a vivir una vida santa, él les recuerda que son "un linaje escogido, un real sacerdocio, una nación santa" (1 Pedro 2:9). Pedro hace eco intencionalmente de Éxodo 19, aplica el lenguaje del pacto de Israel a la iglesia y le recuerda a los creyentes quiénes son antes de llamarlos a vivir de manera diferente. Antes de que Pablo exhorte a la iglesia a presentar sus cuerpos como instrumentos de justicia, la insta a "considerarse muertos para el pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Romanos 6:11-13).

El patrón es consistente: se quien eres.

No obedecemos para convertirnos en el pueblo de Dios; obedecemos porque ya le pertenecemos.

Reconocer que somos portadores de la imagen de Dios es entender algo fundamental sobre nuestra identidad. No somos accidentes de la historia. No somos mercancías en un mercado de logros. En última instancia, no nos definen nuestro peor fracaso o nuestro mayor éxito. Fuimos creados con dignidad y somos llamados a la comunión con Dios.

Cuando esta verdad se arraiga profundamente en el corazón, nos libera. Ya no necesitamos defender nuestro valor en cada momento. Somos liberados de la obra agotadora de la autojustificación. Y asegurados en la dignidad que Dios nos ha dado, podemos extender esa dignidad a los demás.

Reconocer la imagen de Dios en nosotros mismos se convierte en el terreno fértil en el que crece la humildad. Santiago ofrece una seria advertencia: "Con [la lengua] bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios" (Santiago 3:9). No podemos decir que honramos a Dios mientras deshonramos a aquellos que llevan su imagen.

La santidad, entonces, no es simplemente separarse del pecado; es la transformación de nuestra forma de ver. La gracia no solo perdona nuestro pasado, sino redefine nuestra percepción. Cuando el Espíritu santifica el corazón, nuestra visión comienza a cambiar. Comenzamos a ver a las personas no como rivales a derrotar, problemas que resolver o herramientas para usar, sino como personas a quienes honrar. Esto no elimina el desacuerdo ni elimina la necesidad de la verdad. Pero transforma el espíritu con el que nos involucramos.

Una vez que hemos recuperado nuestra identidad como portadores de la imagen de Dios, la pregunta es cómo esa identidad transforma la forma en que hablamos, respondemos, perdonamos y vivimos con los demás.

Considerar a otro como portador de esta imagen es negarse a reducirlo. Es resistirse a definir a alguien con una sola etiqueta, un solo voto, un solo error o un solo momento. Es recordar que esta persona, por muy quebrantada que sea, tiene una dignidad que precede a nuestro juicio.

La imago Dei nos llama a la humildad porque compartimos el mismo origen. Nos llama a la moderación porque quien está frente a nosotros lleva la marca del Creador. Nos llama a amar porque Dios nunca ha dejado de amar su imagen en nosotros.

Si cada persona es portadora de la imagen de Dios, entonces la vida cristiana cotidiana se convierte en el escenario en el que practicamos el respeto santo.

El lenguaje. Nuestras palabras deben reflejar la dignidad de aquellos que las escuchan. El sarcasmo rápido, los comentarios despectivos y las reacciones digitales descuidadas erosionan lo que las Escrituras declaran sagrado. Hacer una pausa antes de hablar, preguntar si nuestras palabras honran en lugar de menospreciar, es un acto de reverencia.

La moderación. La santidad incluye un amor disciplinado. No toda irritación requiere expresión. No todos los desacuerdos requieren una escalada. Contener la ira no es debilidad; es reverencia por la imagen de Dios en el otro.

El perdón. Cuando perdonamos, no minimizamos el daño. Estamos recordando que quien nos hirió es más que su peor acción. Es portador de una imagen por la que Cristo se entregó. El perdón se vuelve posible cuando vemos más allá de la ofensa, hacia la dignidad más profunda.

La hospitalidad. Dar la bienvenida a otro a nuestra casa, nuestra iglesia o nuestra vida es reconocer que la imagen de Dios puede confrontarnos y bendecirnos con rostros inesperados. La hospitalidad nos capacita a reconocer la gracia donde de manera natural podríamos no buscarla.

La vida en comunidad. La santificación no ocurre de manera aislada. Sucede en las proximidades: alrededor de la mesa, reunidos en la alabanza, en los actos ordinarios de servicio. En la comunidad, se nos invita continuamente a practicar la paciencia, la generosidad y el honor. La iglesia se convierte en un testimonio vivo de que las personas formadas por la gracia pueden aprender a respetarse entre sí de manera correcta.

Ver la imagen de Dios en otros no sucede automáticamente. Se cultiva. Entrenamos nuestros ojos cuando oramos antes de responder en el conflicto. Ejercitamos nuestro corazón cuando nos negamos a hablar de otros de maneras que no hablaríamos de Cristo. Entrenamos nuestra imaginación cuando recordamos que cada persona es portadora de una historia que solo Dios conoce por completo.

Las disciplinas espirituales no son simplemente ejercicios privados; dan forma a nuestra actitud pública. Cuando nos reunimos en la Mesa del Señor, nos encontramos hombro con hombro con aquellos que son diferentes a nosotros, confesando la misma necesidad de misericordia. Cuando abrimos las Escrituras, se nos recuerda una vez más el compromiso inquebrantable de Dios con la humanidad. Cuando le pedimos al Espíritu que examine nuestro corazón, nos damos cuenta de prejuicios sutiles y la impaciencia que distorsionan nuestra visión.

La santidad es alinearse con el corazón de Dios. Y el corazón de Dios está volcado hacia su imagen en la humanidad.

En Jesucristo, vemos tanto la plenitud de la imagen como la plenitud del amor de Dios por aquellos que la portan. Él habló la verdad sin desprecio. Se enfrentó a la injusticia sin deshumanizar. Él daba la bienvenida a los pecadores sin reducirlos a su pecado. En Él, la santidad y el honor se encontraban perfectamente.

A medida que nos conformamos a Cristo, nuestra visión se restaura. Comenzamos a ver a los demás como Dios los ve, no solo por su apariencia, no solo por su comportamiento, sino como aquellos que fueron creados para la comunión y llamados a la redención. Reconocer la imagen de Dios en nosotros mismos nos da un sentido de dignidad; reconocer la imagen de Dios en otros nos llama a la humildad, la moderación y el amor.

La santidad se vuelve visible cuando aprendemos a ver a los demás como Dios nos ve a nosotros.

Fili Chambo es superintendente general de la Iglesia del Nazareno

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