Imago Dei: Identidad y propósito

Imago Dei: Identidad y propósito

Imago Dei: Identidad y propósito

A lo largo de la vida los seres humanos nos hacemos preguntas existenciales como: ¿quién soy? ¿para qué existo? ¿hacia dónde voy?  Son preguntas que buscan conocer nuestra identidad, nuestra naturaleza pero también nuestro propósito. La Escritura en Génesis 1:27 establece que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (1:26-27). ¿Cómo entendemos este diseño en respuesta a nuestras preguntas vitales como humanos?

Juan Wesley describió la imago Dei de tres formas, que si las consideramos de forma complementaria, nos permiten conocer de manera más integral a que se refiere el reflejo divino y también la razón de nuestra existencia a la luz del diseño del Creador. Las tres formas desde la perspectiva wesleyana son: la imagen natural, política y moral. La primera significa que dicha imagen está dotada con entendimiento, voluntad y libertad. La imagen política está referida a que Dios creó al ser humano con facultades para la administración y responsabilidad frente al resto de la creación. Se trata de una autoridad delegada por la que era responsable frente a Su Creador. La tercera forma conocida como la imagen moral es la que más distingue la imagen de Dios en el ser humano porque es una relación donde la criatura se convierte en un canal, un puente que recibe  continuamente de Dios y entrega lo que ha recibido[1]. La imagen moral es la semejanza a Dios en santidad, justicia, misericordia y amor. Para Wesley, su entendimiento de la imago Dei estaba directamente relacionado con su comprensión teológica de la salvación y la perfección cristiana[2].

Según el relato de la creación, el diseño divino para el ser humano está estrechamente vinculado con la razón de su existencia. La imago Dei no es solamente la estructura constitutiva del ser humano sino una vocación que nos encamina hacia la obediencia a Dios y al servicio. Es decir, el propósito primigenio de Dios es que el ser humano exista para vivir en comunión con su Creador, para ser un mayordomo de la creación (Gén. 1:28) y para ser su representante en el mundo. Esto incluye la dimensión comunitaria porque también es indispensable reconocer en los otros la imagen de Dios que los dota con dignidad y la posibilidad de redención.

Identidad (quiénes somos) y propósito (para qué existimos) caminan juntos. Comprender esta relación de correspondencia nos permite descubrir que el ser humano solamente encontrará el camino de su vocación y sentido de vida en la medida que su obediencia al Creador sea el aspecto distintivo de su relación con El y a partir de esa relación de dependencia pueda reflejar a Dios en sus relaciones de comunión con sus prójimos y con la Creación.

Bíblicamente, según Génesis 3, con la entrada de la desobediencia de nuestros primeros padres la imago Dei fue severamente distorsionada.  El pecado afectó la imagen moral con la fue creada el ser humano en el Edén y la inclinó hacia su propio egoísmo y satisfacción personal alejándola de su propósito original de ser el reflejo de Dios. Sin embargo, esa imagen que fue dañada con la Caída tiene la posibilidad optimista de ser restaurada a través de la maravillosa obra de la gracia de Dios y la fe en el sacrificio de Cristo.

¿Cómo influye este diseño divino de la imago Dei y su restauración en las diversas áreas de la vida humana? ¿Sería correcto afirmar que el propósito del diseño divino para su criatura es el éxito, el progreso personal o la productividad?

El texto bíblico señala que hay varios aspectos que podríamos incluir como respuesta a la reiterada pregunta sobre la razón de nuestra existencia humana, pero debemos resaltar algunos de ellos. Uno, que ocupa un lugar central, es el hecho de que fuimos creados para adorar a Dios. El apóstol Pablo en su Carta a los Romanos lo deja muy claro cuando afirma: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Rom. 11:36). A través de la adoración individual y colectiva nos reencontramos con nuestro propósito existencial cuando la adoración deja de ser únicamente un momento cúltico, temporal y se transforma en un estilo de vida que permea todas las esferas de la cotidianidad.

Somos fruto de la gracia de Dios que ha restaurado nuestra imago Dei y esto implica que estamos llamados a vivir como adoradores en todos los espacios de la vida humana, lo cual quiebra la dicotomía entre lo sagrado y lo secular. Necesitamos reconocer cuán fácilmente nos extraviamos de este camino y que pocas veces comprendemos que la adoración a Dios debería ser el motor que conduce nuestra existencia, incluyendo la fe, pero también la familia, el trabajo, las relaciones, entre otros (1º Cor. 10:31). Un estilo de vida de adoración permanente determinará una mayordomía contínua vinculada al servicio a Dios y a los demás.

Otro de los aspectos derivados de la imago Dei que determina nuestro propósito y fundamenta la misión de la iglesia, es encarnar y proclamar la obra restauradora de Cristo que está disponible para todos. La Palabra de Dios dice que “nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros…” (2º Cor. 5:19-20). La proclamación del evangelio anuncia la abundante, gratuita y suficiente gracia de Dios que va más profundo que el desastre del pecado. A través de Cristo la puerta está abierta y la invitación está extendida para restaurar la comunión con el Creador, que es la razón por la que existimos. ¡Esta es una buena noticia de redención para compartir gozosa y optimistamente con un mundo desolado entre la desesperanza y la pérdida de sentido!

Jorge Julca es presidente del Seminario Teológico Nazareno del Cono Sur de Sudamérica, con sede en Pilar, Argentina.


[1] Runyon, Theodore. La Nueva Creación. La teología de Juan Wesley para hoy. Nashville: Abingdon Press, 2006.

[2] Dunning, H. Ray. Gracia, fe y santidad. Una teología sistemática wesleyana. Kansas City: Beacon Hill Press, 2018.

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