Los Días de Abraham

Los Días de Abraham

Entre todos los personajes del Antiguo Testamento que los primeros cristianos pudieron haber elegido, Abraham es el principal ejemplo y la personificación de la fe. Para la iglesia de Roma, el apóstol Pablo describe a Abraham como el "padre de todos los que creen... ejemplo de fe" (Romanos 4:11-12). En su carta a la iglesia de Galacia, el apóstol describe a los creyentes en Cristo como "bendecidos junto con Abraham, el hombre de fe" (Gálatas 3:9). Desde el llamado de Dios a Abram en Génesis 12 hasta la muerte de Abraham en Génesis 25, los días de Abraham representan vívidamente la esperanza en la promesa de Dios y el camino de fe hacia esa promesa.

El Contexto de los Días de Abram

            Justo antes que Abram recibiera el llamado que lo llevó a emprender su viaje de fe, los capítulos iniciales de Génesis proporcionan el contexto esencial de ese viaje. Al principio de la Biblia, nos encontramos con el deseo de Dios para toda la creación: una compleja red de relacionalidad entre Dios, los humanos y toda la creación. El Dios Creador es el autor de la relación justa (justicia). Sin embargo, para el tercer capítulo de Génesis, somos testigos del mundo tal como cada generación lo ha conocido, a medida que se desmorona la compleja red de relacionalidad del Creador. En su afán de ser como un dios, la humanidad determina por sí misma lo que es bueno y lo que es malo. Como resultado, nos escondemos de Dios con miedo y vergüenza. La animosidad estalla entre los humanos y otras criaturas. Un hermano mata a otro hermano. La violencia llena la tierra. La raza humana se fractura y se dispersa. Surge el gran dilema: ¿De qué manera el Creador de la relación justa traerá redención, restauración y reconciliación a un mundo fragmentado y violento? Tras colgar el arco del guerrero después del diluvio y prometiendo un "nunca más", Dios invita a Abram y Saraí, una pareja nómada, sin tierra, ni hijos, a participar con él en una bendición llena de vida y de esperanza para todas las naciones.

El hilo entretejido del llamado, la promesa y el pacto.

Esta invitación divina toma la forma de un llamado lleno de promesa y se materializa en un pacto. El llamado de Dios, en el que se desarrollan los días de Abram y Saraí es doble: salir de e ir hacia. Dejando atrás la tierra natal y la familia donde generaciones anteriores habían forjado su propia historia, emprenden un viaje hacia un futuro desconocido en el que el Dios de la promesa definirá su historia. No reciben un mapa detallado ni un destino final. Dios simplemente declara: "Ve a la tierra que te mostraré". A medida que el Señor se aparece a Abram en el camino, Abram construye altares para testificar que el Dios que lo llamó ha sido y seguirá siendo fiel. Aún así, Abram no se demora en esos altares. Avanza paso a paso, caminando en la presencia del Dios fiel, quien le mostrará a esta pareja estéril y sin tierra a dónde ir en cada etapa del camino. Este viaje no se centra tanto en la llegada como en la presencia del Dios que guía. De hecho, más adelante el Señor deja claro que a medida que Abram camine en la presencia del Señor, será íntegro (Génesis 17:1). Siglos después, el escritor de Hebreos recordó que por fe Abraham obedeció cuando fue llamado a partir hacia un lugar "sin saber a dónde iba" (Hebreos 11:8).

A lo largo del camino, Abram recibe la promesa del Señor: Dios bendecirá a Abram, Sarai y a sus descendientes con una tierra propia y con descendientes más numerosos que las estrellas. Esta promesa llena de vida y esperanza no se basaba en que Dios favoreciera a esta única familia. La promesa surgió del compromiso de Dios de restaurar esa compleja red de relacionalidad en toda la creación. A medida que el Señor bendecía a esta pareja estéril y sin tierra, ellos se convertirían en un instrumento de bendición de Dios, por medio del cual Dios bendeciría a todas las familias de la tierra (Génesis 12:2-3). El llamado y la promesa del Señor no fue solo para una pareja específica, sino para la restauración y la reconciliación de toda la creación.

            Como lo demuestran dos pasajes distintos en Génesis, las promesas de Dios de tierra (Génesis 15) y de descendientes (Génesis 17) alcanzan su cúspide cuando el Señor establece una relación de pacto con Abram y sus descendientes. Los símbolos de la presencia misma de Dios con Abram (un horno humeante y una antorcha encendida) pasan entre los animales de sacrificio que Abram ha ofrecido a Dios. En ese momento, Dios asume la responsabilidad del pacto de ser fiel a esta relación única. Lo que Dios dice que hará, ¡de hecho lo hará! Posteriormente, cuando Dios declaró que Abram sería el padre de una multitud de naciones, Dios cambia el nombre, la identidad, de este "padre exaltado" (Abram) de un clan nómada, a "padre de muchos" (Abraham). Su identidad se transforma, pasando de ser el líder de un grupo nómada, pequeño y limitado, a ser el instrumento de Dios para una bendición vivificante a todas las naciones. Al hacer un pacto, el Dios que llamó a Abraham y le hizo una promesa, ahora por su gracia, compromete su propio ser con él, transformando la identidad de Abraham para siempre.

El Desafío

            El llamado, la promesa y el pacto del Señor constituyen el hilo conductor que se entretejió a lo largo de los días de Abraham. Sin embargo, la pregunta permanente sobre Abraham y Dios permanece latente: "¿Puede Abraham confiar en este Dios que llama, promete y hace un pacto? ¿Es este Dios digno de confianza?" Esta pareja sin tierra y estéril no tenía la capacidad, en sus propios fuerzas, para hacer realidad la promesa de tierras e hijos. En las Escrituras, los días de Abraham se convierten en un espejo que refleja a los creyentes de todos los tiempos y lugares que siguen los pasos del camino de fe de Abraham. En su camino, vemos nuestro propio desafío, ya que con demasiada facilidad intentamos ayudar a Dios a que la promesa se haga realidad, al tomar el asunto en nuestras propias manos. Sin embargo, incluso en medio del desafío de creer y confiar en Dios plenamente, Abraham permaneció en el camino con el Señor, que lo había llamado, le había hecho una promesa y había establecido un pacto con él.

            Cerca del final de sus días, ¿ha aprendido Abraham algo sobre la confiabilidad y la fidelidad de este Dios que lo llamó a salir de su tierra y a ir hacia otro lugar? ¿Ha aprendido sobre la fidelidad de este Dios que hizo una promesa de lo que parecía imposible? ¿Ha aprendido algo sobre el Dios que entra en la relación fiel del pacto? En los últimos días de Abraham, cuando Dios lo llamó a sacrificar la única señal visible de su promesa, su hijo Isaac, a quien amaba, su hijo preguntó: "Padre, ¿dónde está el sacrificio?" En ese momento, este hombre de fe respondió: "Hijo mío, el Señor proveerá".

De hecho, en los días de Abraham, este padre de fe aprendió que quien lo ha llamado es fiel, ¡y que él mismo lo hará! Al final de sus días, Abraham y su esposa, Sara, han adquirido una propiedad en la tierra prometida: la Cueva de Macpela, donde ambos fueron enterrados. Sin embargo, mientras sus cuerpos yacían en la cueva, su viaje continuó a través de las generaciones posteriores De hecho, los días de Abraham no terminaron con un punto o con un signo de interrogación, ni siquiera con un signo de exclamación. Terminan con puntos suspensivos. Está historia continuará . . .

Timothy Green es decano en Millard Reed School of Theology and Christian Ministry y es profesor de Teología y Literatura del Antiguo Testamento en Trevecca Nazarene University en Nashville, Tennessee.

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