Entregar la mente inquieta

Entregar la mente inquieta

Filipenses 4:4-9

Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que su amabilidad sea evidente ante todos. El Señor está cerca. No se preocupen por nada; mas bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” Por último, hermanos y hermanas, consideren todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio. Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, además de lo que han visto en mí y el Dios de paz estará con ustedes".

 

Hace poco, en un vuelo a Seattle a primera hora de la mañana, tuve la bendición de ocupar el asiento junto a la ventanilla. La mayoría de los pasajeros intentaban dormir un poco, pero yo quería ver el amanecer; así que levanté la persiana y el resplandor azul y anaranjado del cielo inundó mi rostro al instante. Nos deslizábamos sobre nueves blancas y esponjosas que se extendían hacia el horizonte, haciendo que el cielo pareciera un océano. Lagos despejados reflejaban el cielo-océano a lo largo del paisaje. En ese momento, sentí el impulso de respirar profundamente: inhalar y exhalar. Estaba frente a frente con la obra maestra que es la creación. Mi alma se unió a las palabras del salmista: «Los cielos cuentan la gloria de Dios; el firmamento proclama la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

El año pasado, mi esposo y yo plantamos una iglesia. Durante la temporada de plantación (¿acaso termina en algún momento?), guardar el día de reposo parecía casi imposible. La lista de tareas pendientes era demasiado larga. Las exigencias relacionales eran muchas, y la cantidad de responsabilidades era abrumadora. Para muchos de nosotros hoy, las exigencias constantes son la norma. ¿Cómo es posible guardar el día de reposo cuando me siento culpable por no estar trabajando? ¿Cómo puede tener sentido el día de reposo si tengo niños pequeños corriendo a mi alrededor y reclamando mi atención? ¿Cómo puedo practicar el día de reposo cuando tengo varios trabajos?

Pablo escribe en Filipenses 4:6: "No se preocupen por nada; mas bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias". Pero cuando estamos abrumados y cansados, estas palabras suenan como un simple "parche" espiritual. A menudo se han utilizado para evadir, en nombre de la espiritualidad, el agotamiento y el desgaste real que muchos de nosotros experimentamos en esta época caracterizada por la distracción y las prisas. ¿Es posible guardar el día de reposo en la era digital, cuando nuestras mentes están constantemente sobreestimuladas y sobrecargadas? ¿Se puede alcanzar el descanso en medio del ajetreo y la distracción constante?

Cuando le comenté a un amigo que nos costaba dedicar veinticuatro horas al día de reposo, me dijo: « Practiquen un día de reposo imperfecto».

“¿Cómo?”, respondí, sorprendida de que el término « imperfecto» pudiera acompañar a una práctica fundamental para nuestra formación en la fe. Él insistió y añadió: «Practiquen un día de reposo imperfecto. Si no pueden dedicar veinticuatro horas, dediquen doce horas. Si no pueden doce, dediquen seis. Es mejor hacer algo que no hacer nada».

¿y si la mentalidad de "todo o nada" nos está robando el descanso? ¿Y si nuestra búsqueda de un día de reposo perfecto nos priva de momentos genuinos para deleitarnos en Dios?

La práctica de un día de reposo imperfecto transformó mi vida. En lugar de renunciar por completo durante las semanas en las que sentía que no podía completar las veinticuatro horas, dedicaba el tiempo que podía. Lo irónico es que el ajetreo nos atrapa en un ciclo que nos convence de que estamos demasiado ocupados para practicar el día de reposo. Sin embargo, el día de reposo es precisamente lo que nos recuerda que no fuimos llamados a vivir una vida tan ocupada.

El ajetreo y la distracción se han convertido en ídolos; nos han cautivado por completo: el corazón, la mente y el alma. Nos cuesta concebir un descanso santo y el deleite en nuestro Creador porque nuestra imaginación ha sido moldeada por los ídolos de la prisa y la productividad. Walter Brueggemann describe el día de reposo como un acto de resistencia. En el libro de Éxodo, el pueblo de Dios recibe el mandato de santificar las veinticuatro horas del día, consagrar este día y apartarlo para el Señor. A través de esta práctica, los israelitas serían transformados: dejarían atrás la imagen del faraón para adoptar la imagen de Yahvé. Aprenderían a vivir, no como esclavos maltratados bajo el dominio del faraón, sino como hijos del único Dios verdadero. Aprenderían, no solo en su mente, sino también en su cuerpo y en su corazón, que no son máquinas al servicio de un sistema, sino un pueblo al que Dios llama hacia sí mismo.

Cuando comencé a disfrutar de un día de reposo imperfecto, esas seis horas se convirtieron en doce; y con el tiempo, esas doce horas pasaron a ser veinticuatro. Al detenerme para descansar, pude ver las voces de la preocupación y el ajetreo como eran realmente: distracciones que me alejaban del propósito para el que fui creada, que es adorar a Dios.

Cuando finalmente nos detenemos, descubrimos que Dios nos ha estado hablando todo el tiempo; simplemente no habíamos estado escuchando. Dios ha estado derramando su gracia, pero nuestras manos estaban demasiado llenas para poder recibirla. El día de reposo es donde quedan expuestas las mentiras en las que hemos creído. Es el lugar donde desaparecen todas las falsas identidades, tanto aquellas de las que deseamos desprendernos, como aquellas que hemos convertido en ídolos.

El día de reposo nos recuerda que no somos Dios. Que el mundo sigue funcionando bien durante veinticuatro horas más, sin que nosotros trabajemos. Que el peso del mundo no recae sobre nuestros hombros.

Pablo no dice que nunca debamos preocuparnos, sino que debemos saber cómo reaccionar cuando surge la ansiedad. Presenta tus peticiones a Dios. Expresa tus preocupaciones y dudas sinceras. Llévalas a aquel a quien llamamos Creador, Proveedor y Sustentador.

En el versículo 7, Pablo escribe: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” La verdadera paz no consiste en la ausencia de conflictos, sino en reconocer quién está presente con nosotros en medio de la tormenta. El descanso no es un lugar al que llegamos donde ya no existen las preocupaciones, sino una actitud en la que somos capaces de entregarnos por completo a Jesús; un estado en el que el peso de nuestras preocupaciones disminuye ante la presencia de nuestro Salvador.

¿Y si la ausencia del día de reposo en nuestras vidas es lo que nos está generando mayor ansiedad y preocupación? Si fuimos creados a la imagen de Dios y ese mismo Dios decidió descansar el séptimo día, entonces, cuando rechazamos el día de reposo, estamos rechazando el ritmo de descanso que está entretejido en nuestro propio ADN. El ajetreo nos impide tener intimidad con Dios; hace que nuestra fe sea superficial y nos aleja de la santidad. Las prisas le roban a nuestras almas la profunda paz y la seguridad que solo Jesús puede brindar. Cuando vivimos de forma apresurada, quedándonos en la superficie de la vida, en lugar de permanecer en Jesús, nos perdemos la obra profunda de sanidad y santificación del Espíritu Santo.

¿Qué pasaría si el día de reposo fuera una de las prácticas más transformadoras que podemos adoptar en estos tiempos de distracción y prisa? ¿Y si el reposo no es solo una pausa del trabajo, sino también un descanso de nuestras pantallas y de la sobreestimulación? ¿Una pausa de la apatía y una práctica que nos encamina al deleite? ¿Un respiro frente al cinismo que nos devuelve a la esperanza? ¿Una desconexión con las distracciones que nos invita a estar presentes? ¿Una forma de dejar de ser "seres que hacen" para volver a la realidad de lo que somos: seres humanos?

Elise Ivie es la pastora de la sede de New Life Church en Ashland, Oregon.